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Agua que no has de beber déjala correr
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19.09.2021 06:06:00
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Apuntes de Diseño y Arquitectura

Agua que no has de beber déjala correr

Lorenzo Díaz Campos

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“Es posible que el complejo de culpa de haber secado el lago nos haya llevado a aceptar la anodina arquitectura precaria en serie cuyo sello distintivo es el Tinaco”. - Juan Villoro

Durante la época de lluvia caen sobre la superficie del país 1.07 mil millones de metros cúbicos de agua es decir unos 722 litros por metro cuadrado. Sobra decir que la distribución del preciado líquido que nos llega desde los cielos es a tal grado dispareja en el paisaje nacional que, mientras unos mueren anegados por los enormes torrentes que desbordan los márgenes de los ríos otros fallecen a manos del agostamiento.

Es precisamente en esta época, en la que la mayoría de los paisajes reverdecen y que se explica sencillamente por nuestra condición tropical, el momento que hasta la más pequeña de las grietas de una banqueta se convierte en todo un muestrario botánico. Son estos los días en los que me pregunto, ¿realmente no podríamos encontrar una solución a la crisis del agua cuando gratuitamente nos cae en la cabeza?

La Ciudad de México y sus poco más de 9 millones de habitantes caben en mil 485 kilómetros cuadrados y sobre ella, año con año, caen 116 metros cúbicos de agua por habitante. Este en promedio consume al año 134 metros cúbicos, por lo que de aprovechar las aguas pluviales seriamente haría falta un trecho muy pequeño para satisfacer las necesidades actuales de cada poblador. La realidad es otra.

Se nos van las ganas por la boca hablando de mejoramiento urbano, se derrochan millones en obras faraónicas que traen el preciado líquido desde distancias inconcebibles para después desalojarlas de la cuenca a distancias aún mayores con sofisticados sistemas de drenaje y bombeo. Seguimos aportando a un primitivo sistema de abasto y drenaje ideado en época de la Colonia y que negó por definición la razón de nuestros antepasados para ubicarse aquí, el agua.

Pero esto no es exclusivo de la ciudad capital, otras urbes importantes sufren en torno al líquido. Monterrey y su eterna y absurda lucha contra la cuenca hidrográfica del Santa Catarina, las lecciones son recientes y muy claras. Baste ver el verdor de la Sierra Madre Oriental en estas épocas de precipitaciones para darse cuenta que la elección fundacional de la ciudad fue acertada. En la regia ciudad lo que antes fue conducto de vida ahora lucha contra los viaductos de automóviles y reclama su territorio al primer huracán. El agua tiene memoria, los habitantes modernos de la ciudad parece que no.

El Tinaco, símbolo máximo de la desesperación y egoísta solución al que elocuentemente Villoro declara cómo precaria arquitectura, demuestra nuestra incapacidad para resolver la crisis de manera colectiva. Cada uno con su guardadito que extrae, apenas puede, del sistema de reparto para asegurar el mínimo abasto mientras la lluvia inunda las calles haciendo el tránsito imposible, ironía pura.

Es que, como bien dicta el refrán de las abuelas, dejamos correr el agua que nos parece no ser nuestro problema, va directo a la coladera la solución que el colectivo necesita. Habríamos de pensar buscar otras “amenidades” en los desarrollos que se autorizan para construcción en la ciudad que no sean “salones de fiestas” o “ludotecas” y que pasaran más bien por “sistemas recolectores de agua pluvial” y “aljibes colectivos”. 

Más que decretos que permitan urbanizar densamente habríamos de buscar leyes que obliguen a encontrar métodos colectivos de aprovechamiento pluvial. Sería interesante pensar que la verdadera reconversión viene en el momento que sustituimos lugares de aparcamiento por espacios para gestionar el agua, si esa que nos cae en suficiencia sobre la cabeza y que nos negamos a dejar pasar al interior de nuestro cerebro.

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