Sulamit Elizondo no habla de su obra artística como algo que se mantiene fijo y estático. Entiende más bien a su proceso creativo como una presencia que se transforma y encuentra nuevas formas de existir con el paso del tiempo. Hoy, nos comenta que su pintura se encuentra en una etapa de “exploración”, menos controlada y más abierta.
Antes, su proceso parecía tener un destino más claro. Sabía hacia dónde iba una pieza con mayor exactitud. Ahora, en cambio, prefiere permitir que la obra se materialice a su propio ritmo. “Antes sabía a dónde iba con más exactitud que hoy. Hoy solo dejo que se vaya materializando, sintiendo, observando y sintiendo y actuando conforme al momento”, comparte.
“Una pintura viva es una pintura que va a cambiar con el tiempo”, explica. Para Sulamit, esa transformación puede aparecer de muchas formas: “Transformarse de alguna forma, borrarse, cambiar de color”.
Últimamente, la artista ha encontrado inspiración en la neuroestética, un cruce entre lo que vemos y lo que sentimos, una disciplina que estudia como nuestro propio cerebro procesa y responde a la belleza y obras de arte. Su interés entonces no parte solamente en lo visual, sino en lo que ocurre dentro del espectador. Un detonador emocional.
Cuando piensa en lo que espera provocar en alguien que se detiene frente a una de sus piezas, su respuesta es concisa. “Que le provoque una emoción que no olvide”. Ahí está quizá el centro de su génesis: crear una experiencia única y muy personal para el observador.
¿Qué puede hacer todavía una pintura en una época saturada de imágenes digitales? Para la artista, la respuesta está en la fragilidad humana, un elemento que ninguna IA logra replicar. Un elemento tan propio que nace de una mente imperfecta y de una emoción real y cruda que solo puede vivir un ser humano. “Personalmente siento que sentimos más cuando algo nace del mundo frágil e imperfecto que son las mentes y emociones humanas, tanta perfección aburre”, afirma.
También hay una dualidad que atraviesa su mirada dentro del arte. Lo suave y lo feroz, lo visible y lo oculto, lo espiritual y lo terrenal. Para ella, ese contraste parte de la vida misma. “Todos tenemos esa dualidad. No sabríamos distinguir cómo se siente la alegría si no sintiéramos tristeza”, dice.
La feminidad, desde ese lugar, tampoco aparece como una forma rígida. Puede ser suave y protectora pero también puede ser movimiento, fuerza y cauce. “A veces ser suave como las plumas de un ave que lo sostienen en vuelo; a veces ser como el agua del río”, comparte.
Con los años, su manera de pintar también se ha vuelto “más libre”. Esa libertad no se presenta como una ruptura absoluta a su estilo, sino como una forma de confiar más en su proceso. De permitir que la obra avance, cambie, se borre o se revele sin tener que obedecer siempre a una ruta fija. Para la pintora, la creación empieza en ese punto donde una idea deja de ser pasajera y se vuelve insistente: “Mi obra empieza cuando no puedo dejar de pensar en algo”.
Y si un día alguien se encontrara con su obra muchos años después, sin saber nada de ella, Sulamit no parece obsesionada con controlar qué parte de sí misma debería seguir viva ahí. Aclara que “No le importa”. La obra no existe solo para convertirse en monumento personal, sino para seguir hablando por sí sola. Para cambiar, resistir, borrarse o permanecer. Para ser, incluso sin explicación, materia viva.
CINCO REFERENCIAS QUE LA INSPIRAN:
• Un artista: Enrique Martínez Celaya
• Un libro: Why Fish Don’t Exist de Lulu Miller
• Una película: Everything Everywhere All at Once
• Una canción: Chinatown, de Bleachers
• Una pintura: cualquiera de Hilma af Klint.
SU MAPA CREATIVO:
• Tres lugares donde se siente más conectada consigo misma: la montaña, el desierto y el río.
• Un museo que la marcó: MARCO, especialmente cuando recibió la exposición Borrowing Your Enemy’s Arrows.
• Un lugar del mundo que la inspira: las personas, porque también pueden ser lugares.
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