“The Devil Wears Prada 2” no es solo una película de moda; es una película sobre lo que estamos dispuestos a tolerar.
Molly Rogers eligió todos los vestuarios de la película. Utilizaron esta vez diseñadores más exclusivos e invirtieron mucho más presupuesto en el vestuario. Vemos a Miranda más creativa, con más colores y menos rígida, aunque a mí me gustó más cómo se vestía en la película original.
A más de 20 años de la película original, hay algo inevitablemente emocional al ver el regreso del elenco original, acompañado por icónicas figuras como Lady Gaga, Donatella Versace, Domenico Dolce, Marc Jacobs, entre otros, quienes construyen un espectáculo que apela directamente a la nostalgia.
La presencia de Meryl Streep, a sus 75 años, sigue siendo magnética. Miranda Priestly conserva esa fuerza que alguna vez definió el tono de la historia. Sin embargo, es posicionada muy a la segura, sin mostrarse tan imponente, ni tan malvada.
El personaje de Emily tiene una mayor evolución que los demás personajes, con más actitud, pero no deja de ser una narrativa plana, vacía, sin aprendizaje real.
Más allá del brillo y el reencuentro, la película se queda en la superficie; aunque el tiempo ha pasado dentro y fuera de la historia, los personajes parecen no haberlo hecho. No hay una evolución real; más que ofrecer un nuevo ángulo, la película entrega una cinta sin alma y tan predecible como las flores en primavera.
Narrativamente, todo se siente contenido, resuelto con prisa, sin espacio para desarrollarse ni profundizar. Los conflictos aparecen, pero se disuelven antes de alcanzar un verdadero peso. No hay clímax, no hay transformación.
En lugar de cuestionar las dinámicas de poder que retrata, la película las reafirma. El menosprecio, la exigencia desmedida, la obediencia absoluta... todo se presenta como parte natural del camino. Como si el desgaste fuera un requisito, como si soportarlo fuera sinónimo de éxito. Incluso cuando intenta introducir un conflicto con Emily en el papel de “villana”, este se diluye sin consecuencias. Las acciones no generan ruptura, solo continuidad; todo se siente como una búsqueda de nostalgia con algunos guiños de opiniones interesantes que terminan por no profundizar.
Más que continuar una historia, “The Devil Wears Prada 2” recicla una idea, reafirma el mismo discurso. Uno que hoy, más que nunca, exigiría ser cuestionado.
Se romantiza la explotación, la sumisión y la completa obediencia. Toda la película juega muy seguro, sin demasiado riesgo, sin un verdadero cambio, sin cuestionar.
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