Ver el mundo a través de los ojos de un niño cobra un significado especial cuando también se es mamá. La sensibilidad se afina, la empatía se vuelve más profunda y la vocación encuentra nuevos motivos.
Para Amira Azcorra, pediatra infectóloga de profesión, no basta solo con observar, ella aprende a mirar a través de sus pacientes, entiende sus silencios, miedos y pequeñas certezas.
“La Infectología llegó cuando vi lo complejas y desafiantes que pueden ser las enfermedades infecciosas… y al mismo tiempo, lo mucho que se puede cambiar la historia de un niño si se actúa a tiempo. Ahí supe que ese era mi camino”, enfatiza.
Con el tiempo, su vocación no solo se ha fortalecido en el hospital, sino también en casa. La maternidad transformó su manera de entender a cada niño pero sobre todo a sus papás.
Confiensa que su secreto para seguir actualizándose sin dejar de lado el ser una mamá presente es no buscar la perfección, sino el equilibrio.
“Es estar donde estoy, con atención plena”.
Además reconoce que su hija se ha convertido en su gran maestra, de ella ha aprendido que cada niño necesita su propio ritmo, su espacio y una dosis constante de ternura.
Esa enseñanza se refleja en cada consulta, diagnóstico y momento en el que el tiempo parece detenerse para priorizar la salud.
En medio de jornadas intensas, ella resguarda espacios que encuentra sagrados, aquellos que comparte con su hija y su familia, donde el ritmo exterior se detiene y solo importa la presencia.
Al dejar de lado la bata, una tarde en familia o reír se traducen en la energía necesaria para regresar a una labor que exige tanto conocimiento como una profunda entrega emocional.
Su formación inició en la medicina general, pero fue en la pediatría donde encontró su verdadera vocación. Durante su preparación en el Hospital La Raza, consolidó no solo su disciplina y ética profesional, sino también una mirada profundamente humana hacia la medicina.
Más adelante, la infectología le reveló un campo tan complejo como determinante. Comprendió que actuar a tiempo puede cambiar por completo la historia de un niño, que cada diagnóstico oportuno no solo trata una enfermedad, sino que protege un futuro.
Esa convicción ha estado marcada por el ejemplo de su padre, quien también dedicó su vida a la medicina, su vocación dejó en ella una huella imborrable.
De él aprendió que curar no es únicamente aliviar el cuerpo, sino también acompañar, sostener y estar cuando más se necesita.
“Fue una semilla que creció en mi desde niña. Ver a mi papá ejercer la medicina con tanta vocación me marcó profundamente”, recuerda.
A lo largo de su carrera, uno de los mayores retos ha sido enfrentar casos difíciles sin perder la sensibilidad. En ese camino descubrió que la verdadera fortaleza no está en endurecerse, sino en conservar la sensibilidad incluso en los momentos más complejos.
“Cuando un niño se siente comprendido, el miedo comienza a disiparse. Y en ese momento, la medicina deja de ser distante para convertirse en un acto de confianza”, comparte.
Es precisamente esa sensibilidad la que le da sentido, cada día, a su trabajo. Un niño que vuelve a jugar, que recupera la risa, que deja atrás la enfermedad. En esos pequeños grandes logros encuentra su mayor recompensa.
Los niños, dice, tienen una forma única de enfrentar el miedo. No lo niegan, lo transforman. Enseñan que la valentía no consiste en no sentir temor, sino en avanzar a pesar de él, especialmente cuando hay alguien que les brinda confianza.
Al mirar hacia adelante, ella desea ser recordada como una doctora que entregó el corazón en cada paciente, pero también como una mamá presente.
Si pudiera dejarle un mensaje a su hija sería:
“Que nunca deje de creer en sí misma, que sea valiente y que siempre elija hacer el bien, incluso cuando el camino no sea fácil”, finaliza.
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