Hay algo inquietante en la idea de que una película de terror no quiera asustarte de golpe. Nada de música estridente, nada de figuras saltando a cuadro, nada de ese reflejo automático que te hace brincar en la butaca. “Terror en Silent Hill: Regreso al Infierno” promete justo eso y te decimos el motivo.
La nueva película muestra un miedo que no grita, y lo más provocador de todo es que no se trata de un experimento extraño, sino de una decisión creativa muy consciente.
¿De qué trata “Terror En Silent Hill: Regreso al Infierno”?
"Regreso al Infierno" es una adaptación directa de “Silent Hill 2”, uno de los videojuegos más influyentes y emocionalmente complejos de la historia del terror interactivo.
La trama sigue a James Sunderland, un hombre roto por el duelo que llega al pueblo maldito tras recibir una misteriosa carta de su esposa fallecida.
A partir de ahí, lo que encuentra no es solo una ciudad cubierta de niebla y criaturas grotescas, sino un espejo distorsionado de su propia culpa, trauma y obsesión.
A diferencia de otras historias de terror más convencionales, “Silent Hill 2” no se sostiene en persecuciones constantes ni en monstruos que aparecen cada cinco minutos.
Su fuerza está en la incomodidad, en los silencios largos, en la sensación de que algo está profundamente mal incluso cuando no pasa “nada”. Esa esencia es justo la que Gans quiere trasladar al cine.
En lugar de convertir la película en una montaña rusa de sustos, el director busca que el espectador entre en la mente de James y camine con él por ese infierno emocional.
¿Por qué “Terror En Silent Hill: Regreso al Infierno” no usa jumpscares?
Gans ha dejado claro que quiere capturar el miedo que “se te mete en los huesos”, ese que no depende de un golpe de sonido, sino de una atmósfera opresiva y persistente.
La película apostará por un terror incómodo, oscuro y perturbador, donde la tensión se construye poco a poco y no se libera con un susto fácil.
Al ser una adaptación directa de la historia de James Sunderland, el ritmo debía ser más lento, introspectivo y emocional.
Los temas centrales como la culpa, duelo, trauma y obsesión, necesitan espacio para respirar.
Un jumpscare aquí no solo sería innecesario, sino contraproducente: convertiría un drama psicológico en un espectáculo superficial.
Gans ha reconocido la influencia de películas como “Hereditary”, “The Babadook” y “Midsommar”, donde el miedo no viene de lo que salta a la pantalla, sino de la duda sobre qué es real y qué ocurre en la mente del protagonista.
Ese tipo de terror no persigue al espectador: lo espera, lo observa, lo incomoda hasta que ya es demasiado tarde.
La propuesta es que los monstruos y el entorno generen ansiedad por sí mismos. No necesitan aparecer de golpe; basta con saber que están ahí, como reflejos de la psique de James.
Es un miedo más sensorial y emocional, diseñado para quedarse contigo mucho después de que termine la película.
¿Cómo ha sido la evolución de Christophe Gans como director de terror?
Para entender esta decisión, hay que mirar la trayectoria del propio Gans.
A principios de los 2000, cuando dirigió la primera “Silent Hill”, el cine de terror vivía obsesionado con la “fiesta de jumpscares”. Era la fórmula dominante. y sobresalto tras sobresalto, tensión artificial y un ritmo frenético.
Hoy, dos décadas después, el director reconoce que ese enfoque ya no le interesa.
Según él mismo ha explicado, ahora prefiere un terror más perturbador y “distante”, menos conservador y más fiel a la experiencia emocional que quiere provocar.
En lugar de manipular al público con trucos sonoros, busca sumergirlo en una sensación constante de inquietud.
Este cambio no es solo una moda, sino que es una declaración de principios. Gans quiere que "Regreso al Infierno" sea una experiencia que no se olvida al salir del cine.
En ese sentido, la ausencia de jumpscares no es una carencia, sino una promesa, la de un terror más adulto, más emocional y más fiel al espíritu de “Silent Hill”.
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