Hay casas que no sólo se habitan, sino que se sienten; la de Liliana Melo de Sada es una de ellas. La fachada parece sacada de un cuento inglés, que evoca inmediatamente a Saltburn. Al cruzar la entrada, el aire cambia, huele a madera, a arte sacro y a una vida vivida con intención. Es un hogar que parece guardar la respiración para revelar quién lo habita. Y aún así, nada impone. Nada abruma. La casa observa, pero también abraza.
Cada rincón revela que Liliana no sólo ha coleccionado arte, lo ha entretejido con su historia. Nada está puesto por azar. Los cuadros conviven con piezas de vidrio como si llevaran años conversando. El silencio es también parte de la curaduría. Liliana aparece, lista para el shooting. No necesita alzar la voz para imponerse. Su sola presencia es una declaración serena de elegancia y fuerza sutil.
En la biblioteca —uno de los templos de su vida— un retrato de Federico Sada preside la chimenea. Lo rodean cientos de libros sobre arte, historia y biografías. Mundos que Liliana ha explorado para entender mejor el propio. Una vida marcada por aventuras que compartió con él.
“Fui la mujer más afortunada del mundo”, diría más adelante. Y sería imposible no creerle.
Casi dos décadas después de haber sido la portada inaugural de CHIC Magazine, aquella edición que acompañaba el trabajo de conservación ambiental de su esposo, Liliana regresa a este espacio desde otro lugar, como figura clave en la vida cultural del país y como portavoz de una causa que ha hecho suya, el rescatar del silencio a las mujeres borradas de la historia.
UNA VIDA LLENA DE ARTE
Antes de ser promotora cultural, fue artista. A los 12 años de edad ya pintaba con maestros y tomaba un camión desde San Pedro Garza García los sábados para asistir a clases, cargando su cajita de pinturas y un sueño. “Eran otros tiempos”, decía entre risas. “Una niña rubia en camión no era lo más común, pero yo quería ser pintora”, recordó.
Con el tiempo, la pintura dio paso a la gestión cultural, una vocación que se volvió firma, causa y legado. El Museo del Vidrio, el Festival Internacional Santa Lucía y las grandes exposiciones que pasaron por Monterrey compartieron un mismo objetivo, llevar experiencias transformadoras al mayor número de personas posible.
El Museo del Vidrio fue una especie de mandato y destino. En una convención de vidrieros en Cancún, Liliana y su esposo conocieron a James Houghton, presidente de Corning Glass y del Metropolitan Museum of Art de Nueva York, así como del Corning Museum en Estados Unidos. Houghton les habló sin rodeos: “América Latina no tiene ni un sólo museo del vidrio. ¡Tienen que hacerlo!”.
Después de visitar el Corning Museum y quedar maravillada con la historia del vidrio, desde los fenicios y egipcios, hasta los italianos, checos y griegos, Liliana supo que tenía que hacer un trabajo digno al regresar a México.
Junto a su esposo, el ingeniero Ernesto Martens, y Carlos Segovia —los tres ya fallecidos—, decidieron rescatar un edificio histórico de 1909, antigua sede de Vidriera Monterrey. Ahí se construyó el Museo del Vidrio.
Poco después, recibió una propuesta que marcaría su trayectoria. El entonces gobernador del estado, José Natividad González Parás, la invitó a dirigir el Festival Santa Lucía. Ella se negó al principio, pues ya era presidenta del Museo del Vidrio y de la Escuela Superior de Música y Danza de Monterrey, y estaba, como dijo, “Hasta el gorro de trabajo”. Pero la idea de ofrecer espectáculos gratuitos de nivel mundial la convenció.
“Lo mejor del mundo, para todos”. El resto es historia. Con cada edición, el Festival atrajo a medio millón de asistentes. Artistas de más de 40 países llegaron a Monterrey, transformando la ciudad en un escenario cultural sin fronteras.
Con cada proyecto, Liliana parecía responder a una misma pregunta: ¿Y si el arte no fuera un privilegio, sino un derecho?
EL PASEO DE LA MUJER MEXICANA
Hoy, su proyecto más trascendental busca dar visibilidad a las mujeres que la historia ignoró.
“¿Cómo contar la historia de un país sin sus mujeres? Estarías contando la mitad”. El Paseo de la Mujer Mexicana ya ha llegado a más de 7 mil 200 escuelas públicas del estado. Son libros, biografías y hazañas que vuelven a existir, gracias a su insistencia en que la memoria no es un territorio que se abandona. Para ella, los niños son clave para un verdadero cambio. “La educación es la base. Ellos son esponjitas, pueden entender un mundo más justo”, aseguró.
Liliana se ha convertido en la voz de las heroínas sin nombre, de las Adelitas que no se llamaban Adelita, de las científicas, artistas y activistas cuyas huellas quedaron invisibles para los libros, pero que ahora tienen una nueva luz, gracias a su acto de rescate histórico. “Sin nosotras no puedes contar México”, afirmó.
EL CABALLERO Y LA DAMA
Federico Sada González sigue presente en el alma de Liliana. Ella no habla de él con nostalgia, sino con gratitud. Y la casa, que guarda su retrato en la biblioteca y su memoria en cada rincón, parece estar de acuerdo.
Fue presidente del Museo Nacional de Historia y del icónico Castillo de Chapultepec. Empresario, visionario y, sobre todo, un caballero en el sentido más completo de la palabra. Más allá de los cargos, fue un esposo presente, un padre dedicado y un abuelo entrañable.
La vida juntos fue también una vida de aventuras: globos aerostáticos en África, el Polo Norte, mares del sur, buceo, viajes culturales intensos, iglesias, museos, naturaleza salvaje. “Era muy excéntrico”, decía Liliana. “Le fascinaba estudiar. Se preparaba para cada viaje como si fuera un guía turístico. Sabía todo”.
Los recuerdos se acumulan y evidencian una complicidad profunda. “Tuvimos un matrimonio muy feliz. Él me necesitaba, yo le ayudaba. Yo le necesitaba, él me ayudaba. Siempre estábamos trabajando juntos”.
LA MUJER QUE SIGUE CAMINANDO
Pocas personas pueden decir que su capítulo más comprometido es el que están escribiendo ahora. Liliana sin dudar, y lo sostiene.
Y entonces todo cobra sentido. Ha tenido una vida extraordinaria, sí, pero no es una mujer anclada en el recuerdo. Ha aprendido a abrazar el pasado como impulso. Y avanza, firme, en un presente que no se detiene.
Liliana Melo de Sada dirige empresas, lidera proyectos, rescata historias e inspira generaciones. No por ambición, sino por convicción. Cada paso suyo parece responder a una sola idea: que la cultura, como la dignidad, se sostiene trabajando.
Sabe que todavía falta, sabe que todavía puede. La palabra “retiro” no forma parte de su vocabulario. Lo deja claro: “Me voy a retirar cuando me muera. Hasta que Dios nuestro Señor me deje aquí con buena salud, voy a seguir trabajando”.
Y lo hace con la misma firmeza con la que un día, a los 12 años, subió sola a un camión con una caja de pinturas y una idea clara: crear un mundo más bello y más justo.
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