Desde sus años de formación en teatro musical, Luz Aldán entendió que cantar y actuar no son rutas paralelas, sino fuerzas que se empujan entre sí. “Cuando estudiaba teatro musical, hace chorrocientos años jajaja me di cuenta que había una magia especial entre actuar y cantar y aún más pensando en la actuación", compartió.
"Puede haber grandes cantantes muy virtuosos o bailarines que puedan alzar la pierna hasta el cielo, pero si no son buenos actores o intérpretes, se te olvidan. Un cantante que actúe la canción no se te olvida nunca”, platicó.
Esta apasionada de la actuación participó en Los Miserables, lo cual significó un antes y un después en su camino escénico, tanto a nivel profesional como emocional. “Fue un sueño hecho realidad, de las mejores experiencias de mi vida. Éramos un elenco muy potente, de los mejores artistas de teatro musical. Aprendí mucho de ellos y con ellos; los creativos eran unos masters, trabajaban de una manera muy efectiva, eficaz, pero a la vez con mucho corazón. Fue un regalo”, aseguró.
Además, Monólogos de la Vagina llegó como un proyecto confrontador que abrió conversaciones necesarias dentro y fuera del escenario. “Me di cuenta de que hay muchos tabúes todavía. Es una obra necesaria que me retó desde el día uno y me hizo entender que yo también tenía muchos temas que trabajar y sanar. Es hermoso ver cómo la gente llega tímida y se va diferente, conmovida y con mucho que pensar”, expresó.
Asimismo, su participación en Amor de mis Amores fue breve, pero cargada de significado personal. “Fue un llamado muy veloz, un par de escenas, pero fue lo primero que hice en cine con Manolo Caro y me sentí muy contenta de que me haya invitado. Mi primer proyecto grande lo hice con él y desde ahí tiene un lugar muy importante en mi corazón”, afirmó.
Pero con Anónima, encontró una conexión especial con nuevas generaciones y una respuesta que superó expectativas. “Fue una joya, el personaje me encantó y yo también conecté con audiencias más jóvenes jajaja. No es un público fácil y con esta historia nos los echamos a la bolsa. María Torres lo hizo espectacular”, mencionó.
También, el sumarse a La Casa de las Flores fue formar parte de una historia que ya era referente cultural. Y en Desastre en Familia, la comedia se construyó desde la empatía y el trabajo compartido. “La Casa de las Flores la disfruté mucho. Me encanta ser parte de proyectos valientes. Manolo es un creador que se atreve, que hace lo que le place sin temor a la crítica, y eso me inspira. En Desastre en Familia, Blanquita fue un personaje entrañable y muy divertido. Trabajar con Ariel Miramontes fue una bonita lección. Abordamos la comedia desde un lugar muy amoroso y generoso”, platicó.
Para esta gran actriz, la comedia nace de una raíz profundamente humana y, muchas veces, dolorosa. Pero el soltar a los personajes no es una carga, sino parte esencial del oficio. “Los actores de comedia somos personajes trágicos en realidad. Reímos para no llorar. La comedia es el bálsamo para las heridas del corazón. Estamos entrenados para encarnar un personaje y soltarlo. Siempre es bueno tener un puerto a donde volver y tener bien amarrada tu identidad”, dijo.
Ya sea en teatro, cine o televisión, su preparación parte del mismo compromiso, y hoy, su brújula creativa apunta hacia historias que incomodan y transforman. “El empeño es el mismo: leer, entender el texto y descubrir al personaje. En teatro musical, los ensayos son más intensos, pero yo siempre pongo el mismo estudio en casa. Busco historias que me reten, que me hagan cuestionarme o personajes que jamás me hubiera imaginado hacer”, agregó.
En una industria exigente, su equilibrio se sostiene en las personas correctas. Además, un comentario del público le confirmó el verdadero alcance de su trabajo. “Procuro rodearme de gente divertida y con buen corazón. Son mi ancla y me recuerdan por qué hago lo que hago. Un chico me dijo que al ver Los Humanos por primera vez sintió que no estaba solo. Me conmovió muchísimo. Le di las gracias y me fui a llorar a mi carro”, añadió.
Para ella, pensar en reinterpretar un clásico es un juego tentador y un poco atrevido. Y, sin duda, el futuro le provoca más inquietud que emoción. “Tal vez sería muy pretencioso, pero juguemos. Elegiría El Exorcista. Me ha dado mucho miedo siempre, quizá para quitármelo querría hacerlo a mi estilo. La inteligencia artificial me aterra. Creo que nos hará volver más al teatro, a lo vivo, y eso está bien. Pero el futuro audiovisual es incierto”, concluyó.
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