Chic Logo
Sociedad Puebla

Bordador poblano, Ángel Vázquez deslumbra con su arte a Peter Philips, director creativo de Dior Beauty

El artista habla sobre sus comienzos, los retos de vivir del arte y la colaboración con Dior Beauty que llevó su trabajo a un nuevo escenario.

José Ángel Vázquez es un artista plástico especializado en bordado con pedrería. (Fotos: Hugo Zuviri)
José Ángel Vázquez es un artista plástico especializado en bordado con pedrería. (Fotos: Hugo Zuviri)
Mariana Velázquez
Mariana Velázquez

José Ángel Vázquez (Puebla, 1996) es un artista plástico especializado en bordado con pedrería. Desde 2019, cuando comenzó a bordar sin parar en una noche de ansiedad e insomnio, ha configurado puntada tras puntada un universo visual a partir de símbolos de la cultura popular mexicana como diablitos, corazones, jaguares hasta icónicos luchadores como Kemonito; imágenes cargadas de brillo, alegría e identidad.

A través de las redes sociales, donde comparte reels de su proceso creativo, pequeños fragmentos de las horas que pasa frente al lienzo con su ninfa Pepilla sobre el hombro, así como reflexiones alrededor del bordado, son cada vez más las personas que conectan con su forma de ver el mundo, de crear y sentir, tanto que artistas como Thalía, Siddartha, Carla Morrison e incluso el mismo director creativo de Dior Beauty, Peter Philips, ya tienen una de sus piezas.


Un lunes, a principios de agosto, lo visitamos en su departamento ubicado en la unidad habitacional de San Bartolo al sur de la ciudad. Esta colonia enfrenta retos de seguridad por denuncias de vecinos sobre narcomenudeo, asaltos y operativos policiales recurrentes, de modo que esta zona mantiene una alta percepción de inseguridad entre los ciudadanos.

Acordamos la entrevista un día que Ángel descansaba de su empleo principal como barista en una cafetería. Estando allá, cada edificio se parece al otro y el conjunto termina por ser un laberinto del que acude a salvarnos. Lo vemos acercarse sonriente. — ¡Hola!, ¿se perdieron para llegar? — dice extendiendo un brazo para saludarnos. — Aquí matan — añade invitándonos a seguirlo hacia su departamento.

Subimos las escaleras mientras agradece la visita. Nos abre la puerta de su casa y nos recibe con agua y Coca-Cola fría. — Este es el lugar donde hago todo— nos cuenta. La sala es de color azul cielo, hay grandes plantas, libros, bordados en las paredes y figuras de cartón de una sirena, una muñeca y un diablo. — A mi mamá le da miedo ese diablito, piensa que es malo, pero no lo es, sólo me gusta—.

El aire entra suave por una cortina blanca iluminada por la última luz de la tarde que tiñe todo de más azul.

“Cuando estudiaba en la escuela de artes visuales – recuerda – los maestros me decían que lo mío, más que arte, eran manualidades. ‘Ve el trabajo de tus compañeros y mira dónde estás tú, tu trabajo es corriente y de aquí nunca vas a salir’, me dijo alguna profesora. Tal vez no lo hizo de mala manera, pero me causó una inseguridad porque veía a mis compañeros hacer pintura, dibujo, escultura y mi fuerte siempre fue el bordado. Fue complicado abrirme paso; los veía exponer y yo no, pues no era una disciplina aceptada, hasta que un profesor me dio la oportunidad de mostrar mi trabajo en una revista de arte”.

Sin embargo, fue la pandemia aquello que verdaderamente cambió su rumbo. A la par que estudiaba se quedó sin empleo y sin ingresos durante seis meses en uno de los momentos de mayor incertidumbre en su vida. — Yo no conocía lo que era la ansiedad — confiesa — ni el insomnio. Entonces comencé a bordar todos los días y todas las noches, llegué a juntar tres cajas grandes de huevo con puros bordados—.

Al principio fue con timidez, pero poco a poco se fue animando a compartir fotos y videos de sus creaciones en busca de retroalimentación y descubrió que había personas interesadas en adquirirlas y, de hecho, pagarlas bien. —Bordar toma tiempo y el tiempo nunca vuelve. El tiempo es un lujo, un privilegio. No soy una máquina — sostiene. Y aunque actualmente cuenta con una comunidad de casi 20 mil seguidores, no ha podido dedicarse al cien por ciento a su arte, pues aún depende de un empleo principal que le da prestaciones y estabilidad para pagar sus cuentas del día a día.


Para subsistir, durante su vida se ha desempeñado como panadero, albañil, estilista, barista y maestro. Impartió clases en una universidad, pero renunció debido a las malas condiciones laborales; la institución no le pagó un mes completo de trabajo y le exigió laborar los sábados fuera de su contrato. —Suena mal, pero gano más limpiando baños en Starbucks que siendo maestro. Eso es muy triste y es lo más cierto. Aunque extraño dar clases — recuerda — me gustaba ver esa iniciativa en las personas—.

Nos compartió que alguna vez, durante su servicio social, dio un taller de bordado en una comunidad al sur de Puebla donde conoció mujeres, madres de familia sin suficientes recursos que buscaban en ese espacio un momento de libertad. Llegó a tener hasta 120 alumnas, de todas las edades, algunas, después de dejar a los hijos en la escuela e ir al mercado, dejaban la comida en flama baja y se iban a bordar al menos 40 minutos. “Si yo no tengo estos 40 minutos lejos de mi casa, de mi esposo y mis hijos, yo me vuelvo loca”, le decían. Ángel comprende esa necesidad de crear, por esto, y por su propia experiencia de estar desempleado y sin dinero suficiente, uno de sus deseos es fundar, a futuro, un espacio cultural sin fines de lucro con el objetivo de impartir talleres gratuitos de bordado para personas que no pueden pagar un curso.

Pero en su presente, a pesar de las limitaciones que le impone su trabajo formal, Vázquez reconoce que contar con un empleo estable con prestaciones médicas fue lo que lo salvó de quedar endeudado tras someterse a una cirugía y tratamiento oncológico por un tumor, algo que no habría podido solventar si hubiera sido artista freelance en ese momento. Y más que eso, agradece estar vivo para poder ver cómo sus sueños comienzan a materializarse.

Quince días antes de ser contactado, José Ángel compró en el tianguis un espejo con el logo de Dior. Presumía de él con sus compañeros de trabajo y poco después, en un giro azaroso e inesperado de la vida, recibió un mensaje de una cuenta de Instagram sin foto de perfil, donde una persona le solicitaba una pieza de dimensiones específicas y le pedía una llamada por Zoom. Al conectarse a la sesión, descubrió que se trataba de un equipo de varias personas, liderado por un representante de Dior Latinoamérica y allí le explicaron formalmente que la pieza sería para Peter Philips, el maquillista y director creativo de Dior Beauty.

Se trató de una pieza textil rectangular, fácil de transportar y con posibilidad de ser enmarcada, creada como tributo a Peter Philips y a los elementos emblemáticos de Dior. Aunque la marca tenía en mente otro tipo de bordado, José Ángel explicó que algunas puntadas tradicionales mexicanas cuentan con denominación de origen protegida, por lo que propuso trabajar desde su propio estilo para evitar problemas de apropiación cultural. La marca aceptó y tuvo libertad creativa para incorporar símbolos asociados a Christian Dior, como la estrella, el trébol de cuatro hojas, además de ojos y labios, característicos del trabajo de Philips.

Para su elaboración utilizó principalmente materiales nacionales y naturales, como manta cruda, encaje, algodón, lentejuelas, chaquiras y canutillos, con la intención de representar a México sin recurrir a clichés. El bordado le tomó aproximadamente 82 horas, cerca de 12 horas diarias entre sus breaks del trabajo y hasta altas horas de la noche, en medio de la presión y cambios de último momento. Finalmente, el día de la fecha acordada viajó hasta Ciudad de México para entregar personalmente la pieza en el hotel Sofitel de Paseo de la Reforma.

Cuando días después vio que Peter Philips había compartido el bordado en su Instagram, la emoción también alcanzó a sus padres y amigos. Para el poblano fue especialmente significativo que Dior Beauty los involucrara y les hiciera llegar algunos obsequios, además del pago justo. Era una forma de compartir con ellos un logro que, de alguna manera, también había comenzado en casa, pues sus papás son quienes lo sostienen en momentos de duda y lo impulsan a superar el miedo.

Y es que el miedo sigue ahí y pese a él, relata, ha aprendido a viajar solo, a tomar decisiones sin tener todas las respuestas y a lanzarse, algunas veces, “a lo bestia”, como él mismo lo describe. Todavía hay invitaciones que rechaza, proyectos que le generan incertidumbre y una vida profesional que intenta construir mientras mantiene un trabajo estable. Pero ahora no necesita haber dejado de sentir miedo para continuar.

Antes de despedirnos nos da un tour por las curiosidades de su taller, donde todo surge. Nos muestra sus primeras obras y pruebas, la máquina de coser que sacó a pagos y que justo ese día había liquidado, la lámpara con la que ilumina su cuarto en la madrugada en medio del silencio y al fondo de la habitación, un bordado con la imagen de un chico llorando sobre la frase: “En el fondo de mi corazón sí me dolió, pero no me arrepiento de sentir tanto” bordada en hilo azul.

—Si pudieras decirle algo a José Ángel cuando todo estaba hecho una maraña de hilos en tu mente, ¿qué le dirías? — pregunté.

—No dejes de bordar.



CHIC Magazine Logo

Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.