El sarampión parecía ser cosa del pasado, pero ha regresado con gran fuerza. Durante años fue visto como un simple “sarpullido infantil” que obligaba a guardar reposo unos días. Sin embargo, detrás de esas manchas rojas y la fiebre alta se esconde un virus capaz de dejar secuelas mucho más serias de lo que imaginamos.
En los últimos años, los brotes han vuelto a encender alertas en distintos países. Y no solo por el contagio rápido, sino por las secuelas que pueden aparecer incluso cuando la persona cree estar completamente recuperada.
¿Qué es el sarampión?
El sarampión es una enfermedad viral altamente contagiosa causada por el virus del sarampión. Se transmite a través de gotas respiratorias al toser, estornudar o incluso al hablar.
De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), es una de las enfermedades más contagiosas del mundo: una sola persona infectada puede contagiar hasta a 9 de cada 10 personas susceptibles a su alrededor.
Aunque suele asociarse con la infancia, puede afectar a personas de cualquier edad que no estén vacunadas o no hayan desarrollado inmunidad. Y aquí es donde radica el problema: no siempre es una enfermedad leve.
Además, el virus no solo provoca síntomas visibles, también ataca el sistema inmunológico, debilitándolo de forma significativa.
Esto significa que, incluso después de que el sarpullido desaparece, el cuerpo puede quedar vulnerable durante meses.
Síntomas del sarampión
El inicio suele confundirse con un resfriado fuerte. Primero aparece fiebre alta, que puede superar los 39 °C, acompañada de tos seca, congestión nasal y ojos rojos e irritados (conjuntivitis).
Posteriormente surgen pequeñas manchas blancas dentro de la boca, conocidas como manchas de Koplik.
Días después llega el síntoma más reconocible es el sarpullido rojizo que comienza en el rostro y se extiende por el resto del cuerpo.
En este punto, muchas personas creen que lo peor ya pasó. Sin embargo, el verdadero riesgo puede estar apenas comenzando.
Complicaciones del sarampión
Entre las complicaciones más frecuentes están la otitis media (infección de oído), la neumonía y la diarrea severa.
Según los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC), la neumonía es la causa más común de muerte relacionada con el sarampión en niños pequeños.
También puede presentarse encefalitis, una inflamación del cerebro que puede provocar convulsiones y dejar daño neurológico permanente.
Secuelas del sarampión
Lo más inquietante del sarampión no siempre ocurre durante la fase activa. Investigaciones han demostrado que el virus puede “borrar” parte de la memoria inmunológica del cuerpo, un fenómeno conocido como “amnesia inmunológica”.
Esto significa que el organismo pierde defensas previamente adquiridas contra otras enfermedades, aumentando el riesgo de infecciones durante meses o incluso años después.
Además, existe una complicación rara pero devastadora llamada panencefalitis esclerosante subaguda (PEES), que puede desarrollarse años después de haber tenido sarampión.
Esta enfermedad neurológica progresiva afecta al cerebro y, lamentablemente, suele ser mortal.
Por si fuera poco, algunos pacientes pueden experimentar secuelas respiratorias crónicas o problemas auditivos derivados de infecciones mal tratadas durante la enfermedad.
En otras palabras, el sarampión no siempre termina cuando desaparecen las manchas en la piel. A veces, el verdadero impacto es silencioso y tardío.
Frente a este panorama, la vacunación sigue siendo la herramienta más eficaz para prevenir la enfermedad y sus complicaciones.
Más allá de debates y mitos, los datos científicos coinciden en algo: el sarampión no es un simple salpullido pasajero.
Porque cuando se trata de salud, lo que parece leve a simple vista puede esconder consecuencias que marcan toda una vida.
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