Entre la luz, la ética y la imagen como acto de conciencia, Loreto Villarreal nos invita a mirar la fotografía más allá de lo estético con la campaña Florecer y Ser, realizada por una buena causa, apoyar a Hogar Ortigosa, organización que contribuye a transformar vidas a través de la educación.
Loreto, platícanos, ¿qué significa hoy, para ti, Florecer y Ser?
Florecer no es volverse algo distinto; es revelarse. Ser es habitar esa revelación con coherencia. Hoy florecer es aceptar mis ciclos, mis procesos y mi evolución sin pedir permiso.
¿Cuál es el valor que tiene para ti formar parte de esta campaña y usar tu imagen como un acto de cuidado colectivo?
Para mí, la imagen nunca es superficial. Es un lenguaje. Si puedo usar mi presencia y mi trabajo para amplificar una causa que protege, educa y acompaña, entonces la fotografía deja de ser sólo estética y se convierte en responsabilidad.
¿Y qué semilla esperas dejar con esta causa?
La conciencia de que el cuidado es un acto activo. No es compasión pasiva, es compromiso.
Si alguien ve la campaña y decide involucrarse, cuestionarse o apoyar, la semilla ya germinó.
¿Qué parte de ti está floreciendo en silencio, incluso cuando nadie la ve?
Mi capacidad de soltar el control. Durante muchos años construí desde la disciplina, la exigencia y la estructura. Hoy, hay una parte más suave que está creciendo:
la que confía en los procesos, la que entiende que no todo se fuerza, que hay proyectos que maduran como las semillas, en silencio y bajo tierra antes de hacerse visibles.
¿Qué significa para ti vivir tu feminidad con suavidad sin perder fuerza?
Significa entender que la suavidad no es fragilidad. Para mí, la feminidad no es una postura estética, es una forma de habitar el mundo con intuición, sensibilidad y criterio propio. La fuerza no desaparece cuando eres suave; simplemente deja de ser rígida y se vuelve consciente.
¿Cuál acto cotidiano te recuerda que florecer y ser es poder?
Escuchar. Escuchar de verdad. A mis hijos, a las personas con las que trabajo, a los que retrato. Cuando alguien se siente visto y respetado, algo florece. Y eso, aunque parezca simple, es profundamente poderoso.
¿Cómo aprendiste a sostener tu individualidad dentro de un mundo colectivo?
Aceptando que pertenecer no significa diluirse. He trabajado en colaboración con curadores, marcas, instituciones, pero siempre desde una voz clara. La identidad no se negocia; se comparte.
¿Quién sostuvo tu raíz cuando aún no había flor?
Mi familia. Y también mis primeros mentores en el arte, quienes confiaron en mi mirada cuando aún estaba en proceso.
Antes de cualquier reconocimiento externo, estuvieron personas que vieron potencial cuando todavía era intención.
¿Qué cambia cuando las mujeres florecemos juntas y no en competencia?
Cambia la narrativa. La competencia fragmenta; la colaboración expande.
Cuando dejamos de compararnos y empezamos a acompañarnos, la energía se transforma en red, no en lucha. Y una red sostiene mucho más que un esfuerzo aislado.
¿Qué fue lo primero que sentiste cuando conociste el trabajo de Hogar Ortigosa y cómo transformaste esa emoción en imágenes?
Sentí respeto. No lástima, no urgencia dramática: respeto por la dignidad con la que acompañan a cada niña.
Eso cambió completamente mi enfoque. Las imágenes no debían hablar de carencia, sino de posibilidad.
En una campaña basada en valores, ¿cómo logras que la fotografía transmita principios como dignidad, esperanza y transformación sin caer en lo obvio?
Evito el dramatismo evidente. Trabajo desde la mirada directa, desde la luz que dignifica el rostro, desde el encuadre que da espacio. La esperanza no necesita subrayarse; se percibe cuando hay verdad.
¿Cómo equilibras la parte estética con la responsabilidad ética cuando trabajas con niños y jóvenes?
La ética va primero. Siempre. La estética se construye alrededor del respeto. Nunca utilizo una imagen que invada, exponga o simplifique su historia. La fotografía debe proteger, no apropiarse.
Desde tu mirada profesional, ¿qué diferencia a una foto “bonita” de una foto que realmente genera impacto social?
Una foto bonita se queda en la superficie. Una imagen con impacto te incomoda ligeramente, te hace pensar, te deja una pregunta. No busca aprobación inmediata, busca reflexión.
¿Qué aprendiste tú, como persona, al convivir con los niños y jóvenes de Hogar Ortigosa?
Aprendí que la resiliencia no es un concepto teórico. Es cotidiana. Está en cómo se levantan cada día, en cómo se apoyan entre ellas. Me recordaron que la esperanza no es ingenua; es una decisión.
¿Cómo preparas a los protagonistas de una campaña social para que se sientan cómodos frente a la cámara y puedan mostrarse auténticos?
Primero bajo la cámara. Converso. Escucho. Genero confianza. La sesión empieza mucho antes de disparar. Cuando la persona se siente segura, la autenticidad aparece sola.
En tiempos de redes sociales y consumo rápido de imágenes, ¿qué reto implica contar historias profundas a través de una sola fotografía?
El reto es resistir la tentación de simplificar. Una imagen profunda requiere silencio visual, intención y contexto. No compite por atención; invita a detenerse.
¿Crees que el arte puede ser un agente de transformación social real? ¿Por qué?
Sí, pero no por sí solo. El arte abre conciencia; la acción concreta genera cambio. Cuando ambos se encuentran, la transformación es posible.
Ya para finalizar esta reflexiva charla, coméntanos, si tuvieras que describir esta campaña en una sola imagen mental, ¿cómo sería esa escena y qué simbolizaría?
Sería la luz de una vela encendida en silencio. Una llama pequeña, pero constante. Para mí, esa luz representa la presencia de Dios guiando este proceso y la gracia de haber sido elegida para acompañar y dar voz a estas niñas.
Ser es esa luz interior que ya habita en ellas. Florecer es cuando esa luz encuentra dirección y propósito. Esta campaña no crea la luz. La reconoce y la protege.
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