En el principio todo era oscuridad. Tanto en el relato bíblico como en la historia del universo, antes de la creación existió la noche absoluta. La oscuridad como vacío e incertidumbre, un territorio sin camino. De pronto, aparece la luz. Una chispa. Una dirección. Claridad. La historia de Maricruz Juárez Osorio parte de esa misma imagen.
A los 16 años le diagnosticaron un tumor en el oído y a los 23 otro en el cerebro que cambiaría por completo el rumbo de su vida. Lo que siguió fueron cirugías, hospitales, recuperaciones interminables, diagnósticos inciertos y la sensación constante de caminar sobre un terreno que podía desaparecer bajo sus pies en cualquier momento. Hoy tiene 34 años y, después de años de lucha, decidió cumplir una promesa que hizo en medio de aquel proceso: escribir un libro.
No es escritora. De hecho, su vida cotidiana está lejos de la imagen del autor que pasa los días frente a una máquina de escribir, desvelado y bebiendo café. Maricruz trabaja en un corporativo empresarial, dirige proyectos, atiende reuniones, firma documentos y resuelve problemas administrativos. Es, como ella misma dice, una mujer godín, como muchos de nosotros.
Sin embargo, durante años fue escribiendo fragmentos de su experiencia en pequeñas libretas. No sabía exactamente cuándo las utilizaría, pero ahí quedaron guardados pensamientos, miedos y aprendizajes. La promesa de convertir todo aquello en un libro se la hizo a su abuela que, en los momentos más difíciles, le aseguró que algún día estaría bien.
Y cumplió. Hace unos días presentó Una en un Millón en Observatorio 11:11, un espacio suspendido entre el cielo y la ciudad donde familiares y amigos lloraron, rieron y celebraron con ella el cierre de una etapa. Con tal recibimiento aquella tarde parecía más una reunión familiar que una presentación editorial. Por eso decidimos conversar después, cuando el ruido y la euforia hubieran bajado.
La encuentro por videollamada desde su oficina. Mientras acomoda documentos, sella papeles y responde asuntos de trabajo, me habla de la misma manera en que escribe. Es directa. Me cuenta que escribió el libro en menos de tres semanas. “No pude parar”, recuerda. La historia llevaba años viviendo dentro de ella. Las palabras ya estaban ahí, sólo necesitaban salir.
Curiosamente, dichas libretas no fueron el punto de partida. Primero escribió el libro completo. Después volvió a abrir aquellos cuadernos que había llenado durante sus recuperaciones y encontró frases que parecían enviadas por la versión más joven de sí misma. Algunas terminaron dentro del texto. Otras simplemente le recordaron todo lo que había logrado sobrevivir.
Y ahora, lo que más la sorprende no es haber terminado el libro, sino descubrir lo que está provocando en otras personas.
Ha recibido mensajes, muchos, de gente que también atravesó esa misma noche oscura del alma. Familias que volvieron a hablarse después de años de distancia. Personas atravesando depresiones profundas. Lectores que encontraron en sus páginas palabras que les resonaban.
Maricruz escribió sobre ella misma, pero ahora no parece concentrada en lo que vivió ella, sino en lo que otros están viviendo gracias a su historia. “Si mi intención era tocar la vida de una persona, ya he cumplido”, dice.
Entonces, si más de uno, como ella, han pasado momentos así, ¿qué significa seguir vivo después de haber estado tan cerca de no estarlo? Maricruz piensa unos segundos. No es una respuesta fácil, pero asegura que, gracias a esa incertidumbre hoy es una persona más sensible con gran capacidad de asombro.
Disfruta un café. Un amanecer. Una conversación. La música durante un trayecto en automóvil. Bañarse tranquilamente. Jugar con sus sobrinos. “No podría vivir en automático. Soy intensa para vivir”. Luego de que durante años no tuvo certeza de que existiría un día siguiente, ahora parece empeñada en sentir cada momento con ardor. Lo mismo la fe.
Su experiencia religiosa no es tradicional, más bien se trató de una cercanía construida poco a poco. De señales, coincidencias y momentos imposibles de explicar racionalmente. Y sin embargo, la ciencia también estuvo ahí presente, siempre. En equilibrio.
“Toda la vida puede estar llena de oscuridad por momentos. Lo importante es no perder la capacidad de asombrarte por la luz que sigue existiendo”.
Más tarde hablamos de la portada del libro. En ella aparece una niña frente al universo oscuro, inmenso y aterrador. Pero también lleno de estrellas, en especial una, muy brillante, que la pequeña intenta alcanzar con sus propias manos. Maricruz explica que así recuerda aquellos años, como una etapa imponente y aterradora, pero al mismo tiempo llena de milagros y posibilidades.
La niña que extiende la mano hacia el destello, es ella. O quizá somos todos. Pues el título Una en un Millón no tiene que ver únicamente con una enfermedad extraña o con un diagnóstico poco alentador. Tiene que ver con la forma en que cada persona decide responder cuando la vida la pone frente a lo adverso.
Antes de despedirnos le hago una última pregunta. Le pido que defina a Dios en una palabra. Ella se queda pensando unos segundos. Después sonríe. “Amor”, responde. Y justo entonces la llamada se corta. La conexión desaparece. Pero la respuesta permanece, flotando, real y verdadera, en el aire. Tal vez, porque después de todo lo vivido, después de los hospitales, las cirugías, los miedos, las estadísticas, la escritura, las promesas cumplidas y los amaneceres recuperados, esa palabra lo contiene todo. Amor.
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